sábado, 19 de diciembre de 2009
Para Raquel y Gustavo
Lleváis el sol en la mirada...
Una tierra cálida y fecundada.
Lleváis en los ojos una luz verdadera,
un paisaje de eterna primavera.
Vuestro corazón, llama de vida,
brillará en la ciudad encendida.
Seréis luciérnagas ardientes
bajo la luz de los puentes,
estrellas serenas en las noches plenas.
Poseéis el tesoro de la humanidad,
el antídoto contra la soledad.
Ante vuestro resplandor…
ha de caer rendida la ciudad del amor.
Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Noviembre 2009)
(A Miguel Hernández: cien años dando vida)
Infinitas y poderosas son las caras del mar.
Sus ojos milenarios observan,
sus lenguas de sal callan...
Tantas lágrimas como besos
guarda su vientre ancestral.
Su corazón, rebosante de secretos,
se desborda en cada latido.
¡Oh, el mar, la mar!, ese gran útero;
en él nací, a él regresaré;
desnuda y sola, a sus brazos me entregaré.
¡Qué hermoso lecho la espuma del mar!
No temas por mí, cuando llegue el final,
¡devuélveme al mar!
Mª Engracia Sigüenza Pacheco
lunes, 26 de octubre de 2009
Todos los mundos el mundo
A Julio Cortázar
Que no se culpe a nadie.
La vida era un río lleno de venenos,
una continuidad de parques, una noche boca arriba.
Pero tú descubriste la salud de los enfermos,
las armas secretas…el otro cielo.
Y al final del juego el tango de vuelta en París;
la maga y tú juntos…y Charlie tocando.
A vosotros nadie os tomará la casa.
En los ojos lleváis todos los fuegos.
Os crecerán las manos y abriréis las puertas del cielo.
Seréis limpiadores de estrellas.
Yo seguiré aquí, en la isla al mediodía,
con la señorita Cora…por si tengo que morir;
y en el corazón: el verano y las cartas de mamá.
Hombre libro, hombre sueño,
hombre corazón y ojos…llévame contigo;
quiero coger tu autopista hacia el sur,
dar la vuelta al día en 80 de tus mundos.
Fin de etapa y Liliana llorando…
Queremos tanto a Julio.
Faros
A Mariano y Mª José, mis hijos
Vosotros sí….
Vosotros, que portáis la antorcha del sol y de la luna llena,
sois los hijos de la luz, nada puede la oscuridad que os acecha.
Vosotros sí…
Vosotros, que abrís las ventanas y convocáis a los duendes y a las hadas,
sois los dueños de los mapas, del tesoro que esconden los piratas.
Vosotros termináis las guerras con el poder de la risa,
lleváis la paz a las trincheras… Protegéis el fuego de la vida.
Vosotros y los de de vuestra estirpe heredaréis la tierra.
Sois la ofrenda de los Dioses…
Los únicos faros en la noche oscura.
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sábado, 11 de abril de 2009
Comentario- crítica literaria
La escritora estadounidense Betty Smih (Nueva York 1896) fue la primera mujer que consiguió un número uno en las listas de libros más vendidos del New York Time. El libro en cuestión, “Un árbol crece en Brooklyn”, fue publicado en 1943 y es una maravillosa historia de tintes autobiogáficos ambientada en Nueva York unos años antes de la primera guerra mundial. En él una niña y un puñado de mujeres se encargan de demostrarnos cómo se puede y se debe encarar la adversidad, cómo se consigue superar una infancia llena de dolor y de pobreza (a veces extrema) aferrándose al afecto y a los libros (las bibliotecas públicas aparecen como un lugar sagrado, donde cada día se produce el milagro de la salvación para la niña protagonista), y finalmente, cómo en un país de oportunidades cualquiera puede llegar, con talento y esfuerzo, a lo más alto, incluso partiendo de lo más bajo.
Y ésta idea, que ya estaba en Platón y en la cultura grecorromana, éste mensaje de lucha y de fe en el ser humano debemos reconocer que está hoy más vigente que nunca, después de que Obama se encargara de revitalizarlo, y provocara, de paso—no sé si somos conscientes—, una revolución social importantísima. Revolución que quizá sólo podía darse allí, en ese enorme país capaz de lo mejor (la Democracia Deliberativa, que explica muy bien, en uno de sus artículos, la filósofa Adela Cortina, la audacia, el idealismo…) y de lo peor (el genocidio indio, la pena de muerte, el amor a las armas…).
Betty Smith rememora la pobreza, pero también el sentido de la libertad y la convivencia colorista y multicultural del Brooklyn de la época. Pero sobretodo homenajea a las mujeres que trabajaban a la sombra de los hombres, sin derecho a voto y sin protagonismo reconocido. Mujeres que empezaban a tener conciencia de su situación, pero que estaban solas en un mundo poderosamente masculino, porque aún no habían aprendido que debían unir sus fuerzas (en un capítulo estremecedor, la autora critica la poca solidaridad de las mujeres entre sí). Mujeres que fueron fundamentales para el progreso del país, sacando adelante a sus familias sin la ayuda de los hombres e incluso a pesar de ellos, y transmitiendo esos valores de los que hoy, más que nunca, se siguen enorgulleciendo los norteamericanos.
Este libro enlaza cincuenta años después con “El castillo de cristal” que Jannette Wells (Phoenix 1960) publicó en 2005. Convertido también en un gran éxito de crítica y público, el libro se lee de un tirón y aunque es más descarnado y menos rico en reflexiones que su admirado predecesor—Wells leyó de niña “Un árbol crece en Brooklyn” y se sintió identificada de inmediato—, la autora consigue plasmar con la misma contundencia el mensaje de superación personal a través de la cultura, y de amor a la vida.
Los dos libros demuestran que una infancia problemática y dura no tiene porque predestinarte hacia el desastre: aunque te conduzca hacia él, siempre puedes salvarte si mantienes los ojos abiertos y te agarras a lo bueno que puedas encontrar.
Entroncados con Dickens, los libros de Betty Smith y Jannette Wells transmiten la idea del ser humano como principal protagonista de su vida. Ellas no se escudan en sus orígenes, ni pierden tiempo en quejas; la vida es corta, nos dicen, y no debemos perder ni un minuto. Luchando por sacar lo mejor de nosotros mismos podremos iluminar nuestro horizonte, por muy negro que se vislumbre.
Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Orihuela, 09-03-09)
(Revista de la Asociación Cultural Orihuela 2010)
http://www.2m10.com/artistas/engracia/siguenza/pacheco/escritora/poeta/81/
domingo, 15 de febrero de 2009
Los dos primeros libros de la trilogía “Millennium” de Stieg Larsson—el último todavía no se ha publicado en España—: “Los hombres que no amaban a las mujeres” y “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” reúnen los mejores ingredientes de la novela negra, y añaden otros que la enriquecen. Mezclando la intriga, la investigación periodística y el estudio sociológico, el autor (brillante y polifacético periodista sueco muerto prematuramente en 2004) demuestra oficio narrativo, brillantez imaginativa y precisión, dejando claro que sabe de lo que habla.
La protagonista femenina, envuelta en un halo de misterio, y poseedora de un enigmático carisma, se complementa muy bien con el masculino cuyo carisma reside precisamente en su cercanía y falta de misterio. Son seres aquejados de algunas de las enfermedades de nuestro tiempo como la neurosis y la soledad, la incertidumbre o la incomunicación; pero provistos de un sentido de la dignidad que les permite moverse en los ambientes más sórdidos del mundo actual sin perder la esencia de su humanidad. Dos seres convertidos en inesperados investigadores, e incluso en héroes a su pesar, que conducen al lector por un laberinto de misterios del que no saldrán hasta encontrar todas las respuestas y atar todos los cabos.
La violencia hacia las mujeres es el eje argumental de los dos libros, y me atrevo a decir que lo será del el tercero; de hecho, en el primero, cada una de las partes empieza con cifras escalofriantes sobre esta lacra en Suecia (… ¡Suecia!).
A través de este eje conductor, el autor se adentra en otros temas de rabiosa actualidad como los delitos informáticos por internet (la trama alrededor de los hackers adquiere dimensiones planetarias), el entramado de los grupos neonazis, el narcotráfico, la corrupción política y financiera, etc. Utilizando incluso los enigmas matemáticos—en el segundo libro—para intentar explicar la intrincada realidad.
Pero por encima de todo subyace una explícita denuncia de los abusos hacia las mujeres en todas sus dramáticas vertientes. A este respecto el autor dice a través de uno de sus personajes, que la trata de blancas, y el comercio sexual o “trafficking” son el mayor iceberg de la criminología sueca, y que no existe otra actividad delictiva donde el componente de género esté tan delimitado y la aceptación social sea tan grande.
Escritos de forma contundente y rigurosa, las distintas ramificaciones de las tramas son una fuente inagotable de información, y muchos de los capítulos —algunos de extrema dureza— dejan al lector literalmente sin aliento, obligándole a robar horas al sueño.
Debemos dar las gracias a Stieg Larsson y a otros grandes creadores (en cine tenemos, por ejemplo, a Clint Eastwood y a David Cronenberg que, en las estupendas “El Intercambio” y “Promesas del Este”, respectivamente, denuncian también la discriminación y violencia que sufren las mujeres); ellos nos hacen emocionarnos y disfrutar mientras aprendemos algo más sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Es decir, son capaces de entretener de la mejor forma posible: comprometiéndose con la realidad y provocando la reflexión.
Lamentablemente, Larsson ya no está entre nosotros, pero ha dejado su legado: unos libros apasionantes, y una rotunda condena a la brutalidad que muchos de sus congéneres siguen ejerciendo sobre las mujeres, en el umbral del nuevo Milenio.
Mª Engracia Sigüenza Pacheco