sábado, 11 de abril de 2009

Comentario- crítica literaria


ESCRITORAS DEL SUEÑO AMERICANO

La escritora estadounidense Betty Smih (Nueva York 1896) fue la primera mujer que consiguió un número uno en las listas de libros más vendidos del New York Time. El libro en cuestión, “Un árbol crece en Brooklyn”, fue publicado en 1943 y es una maravillosa historia de tintes autobiogáficos ambientada en Nueva York unos años antes de la primera guerra mundial. En él una niña y un puñado de mujeres se encargan de demostrarnos cómo se puede y se debe encarar la adversidad, cómo se consigue superar una infancia llena de dolor y de pobreza (a veces extrema) aferrándose al afecto y a los libros (las bibliotecas públicas aparecen como un lugar sagrado, donde cada día se produce el milagro de la salvación para la niña protagonista), y finalmente, cómo en un país de oportunidades cualquiera puede llegar, con talento y esfuerzo, a lo más alto, incluso partiendo de lo más bajo.
Y sí, aquí hay que hablar del tan manido “sueño americano”, ése que tanto hemos criticado porque la mayoría de las veces no es más que una pesadilla. Y es que la escritora ama su país por encima de sus defectos y cree en uno de los mejores valores en los que se funda: el poder del individuo para la grandeza—no confundir con el individualismo—, haciéndose responsable de su vida.
Y ésta idea, que ya estaba en Platón y en la cultura grecorromana, éste mensaje de lucha y de fe en el ser humano debemos reconocer que está hoy más vigente que nunca, después de que Obama se encargara de revitalizarlo, y provocara, de paso—no sé si somos conscientes—, una revolución social importantísima. Revolución que quizá sólo podía darse allí, en ese enorme país capaz de lo mejor (la Democracia Deliberativa, que explica muy bien, en uno de sus artículos, la filósofa Adela Cortina, la audacia, el idealismo…) y de lo peor (el genocidio indio, la pena de muerte, el amor a las armas…).
Betty Smith rememora la pobreza, pero también el sentido de la libertad y la convivencia colorista y multicultural del Brooklyn de la época. Pero sobretodo homenajea a las mujeres que trabajaban a la sombra de los hombres, sin derecho a voto y sin protagonismo reconocido. Mujeres que empezaban a tener conciencia de su situación, pero que estaban solas en un mundo poderosamente masculino, porque aún no habían aprendido que debían unir sus fuerzas (en un capítulo estremecedor, la autora critica la poca solidaridad de las mujeres entre sí). Mujeres que fueron fundamentales para el progreso del país, sacando adelante a sus familias sin la ayuda de los hombres e incluso a pesar de ellos, y transmitiendo esos valores de los que hoy, más que nunca, se siguen enorgulleciendo los norteamericanos.

Este libro enlaza cincuenta años después con “El castillo de cristal” que Jannette Wells (Phoenix 1960) publicó en 2005. Convertido también en un gran éxito de crítica y público, el libro se lee de un tirón y aunque es más descarnado y menos rico en reflexiones que su admirado predecesor—Wells leyó de niña “Un árbol crece en Brooklyn” y se sintió identificada de inmediato—, la autora consigue plasmar con la misma contundencia el mensaje de superación personal a través de la cultura, y de amor a la vida.

Los dos libros demuestran que una infancia problemática y dura no tiene porque predestinarte hacia el desastre: aunque te conduzca hacia él, siempre puedes salvarte si mantienes los ojos abiertos y te agarras a lo bueno que puedas encontrar.
Entroncados con Dickens, los libros de Betty Smith y Jannette Wells transmiten la idea del ser humano como principal protagonista de su vida. Ellas no se escudan en sus orígenes, ni pierden tiempo en quejas; la vida es corta, nos dicen, y no debemos perder ni un minuto. Luchando por sacar lo mejor de nosotros mismos podremos iluminar nuestro horizonte, por muy negro que se vislumbre.

Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Orihuela, 09-03-09)

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