miércoles, 28 de mayo de 2008

IGUALDAD, LIBERTAD Y FRATERNIDAD

La revolución francesa inició con estas tres palabras-pilares la construcción de la Edad Contemporánea. En ellas se recupera el legado del mundo griego, un legado inmortal al que siempre terminamos por volver.
Los 17 artículos que componen la declaración de derechos del ciudadano demuestran que el ser humano necesita la utopía como meta. Porque no importa que al final de una revolución que resultó sangrienta y cruel, continuaran las injusticias y los pobres siguieran pasando hambre; lo importante fue que se sentaron las bases de la democracia y de los derechos humanos, aunque a día de hoy su plena realización aún resulte inalcanzable.
Pues bien, como sucedió en la época griega también en la revolución francesa la mujer quedó fuera de los derechos conseguidos. La ley sólo los otorgaba a los hombres.
Está claro que en las dos sociedades el patriarcado había decidido que la mujer era un ser inferior que debía vivir a la sombra del hombre y relegada a las tareas del hogar.
La religión católica (y en general todas las religiones) tuvo un papel fundamental en la transmisión de estas ideas discriminatorias, pues consiguió lo más importante: que las propias mujeres lo interiorizaran y tardaran miles de años en rebelarse y librarse del complejo de inferioridad y del sentimiento de culpa.
Ilustremos esto con unas citas recopiladas por la escritora Ángeles Caso: San Agustín: “Considerada aisladamente la mujer no es imagen de Dios. Sin embargo, el varón es por sí solo imagen plena y perfecta de Dios”. Santo Tomás de Aquino: “El hombre es el principio y el fin de la mujer”. Fray Luis de León: “La mujer es flaca y deleznable más que ningún otro animal”. Lutero: “Aunque las mujeres se agoten y se mueran de tanto parir, no importa, pues para eso existen”.Y así podríamos continuar añadiendo citas de santos, filósofos e intelectuales de todas las épocas hasta completar un libro cruel y despectivo hacia la mujer (hay varios publicados, por ejemplo: “Una breve historia de la Misoginia” de Anna Caballé).
Pero, ¿cómo es posible que las mujeres hayan tardado miles de años en comprender que debían unir sus fuerzas y luchar por sus derechos? ¿Cómo es posible que en algunos países el movimiento feminista no haya comenzado todavía, y en los que ha comenzado siga cuestionado y débil? ¿Por qué las mujeres siguen siendo asesinadas, violadas y torturadas impunemente, por el simple hecho de ser mujeres, como sucede en Méjico, Guatemala y en tantos otros lugares del mundo? Hay más explicaciones que soluciones.
A lo largo de la historia ha habido muchas mujeres luchadoras y su legado es imperecedero (Olimpia de Gougues en Francia o Clara Campoamor en España son dos grandes ejemplos), pero siempre nos ha faltado la fuerza arrolladora que da la unión por una causa, e incluso la fraternidad incondicional hacia nosotras mismas.
Esta claro que hay una tendencia natural en el hombre a actuar (Una cita del escritor Robert Graves dice: “El hombre hace, la mujer es”) que lo ha hecho proclive a asociarse y luchar. La mujer en cambio se ha centrado en el ser, quizás porque los períodos de gestación la obligaban a la introspección. Pero no es menos cierto que en el inconsciente colectivo permanece tatuado con sangre y fuego el mensaje del machismo, y que a día de hoy y a pesar de las leyes que pretenden erradicarlo, en todos los países del mundo continúa actuando.
En el viaje iniciado en la Revolución Francesa la mujer sigue sin alcanzar al hombre. ¿Conseguirá alguna vez caminar junto a él? ¿Tenemos pendiente todavía las mujeres nuestra propia revolución? “La respuesta está en el viento”, cantaba el gran Bob Dylan.

Mayo 2008

sábado, 26 de enero de 2008

ARTICULOS Y RELATOS

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ARTÍCULOS


EL PODER DE LA EDUCACIÓN

Hace poco tiempo pasaron en la 2 de televisión española la película “Moolaee” del director senegalés Ausmane Sebène; una película estupenda, sobre todo porque explica de forma clara, sin grandilocuencias y sin alejarse de la realidad, algunos de los complejos problemas que sufre el continente africano. Y lo hace tan bien que hasta un niño de 11 años (la edad de mis hijos, a los que la película les gustó mucho) llega a comprender lo esencial: que la falta de educación, el fanatismo—unido en este caso tanto a la incultura como a la religión—y las dictaduras impiden el desarrollo de un país, y hacen sufrir a sus habitantes innumerables crueldades e injusticias; especialmente a las mujeres y a las niñas (la historia gira en torno a la ablación, practica realizada en más de 30 países).
La película —que fue premiada en Cannes—tiene además el gran mérito de aportar soluciones y no dejar al espectar ahogado en la impotencia.
Al igual que sucede con los buenos libros, después de visionarla sientes que sabes algo más, que has interiorizado y comprendido aspectos de la realidad que antes sólo intuías. Por ejemplo: el inmenso poder que tiene la educación, la información y la cultura para resolver conflictos y conseguir el bienestar social.
Para los que trabajamos en el mundo de la enseñanza y estamos acostumbrados a manejar la frustración y el desánimo es fundamental recordar esto, ya que a veces no somos conscientes de la enorme importancia de nuestro trabajo.
Yo estoy convencida de que enseñar —y por ende aprender—es lo que realmente hace cambiar el mundo. Y películas como ésta me reafirman en esa idea. En ella la transmisión de información es fundamental en la rebelión que llevan a cabo las mujeres del poblado. La protagonista basa su coraje en el conocimiento, pues a través de él ha comprendido la sin razón de una tradición cruel e injusta para las mujeres.
La educación tiene más poder que el dinero (a pesar de vivir inmersos en un sistema capitalista en donde continuamente se nos quiere convencer de lo contrario); por eso en tantos países se manipula, se secuestra o se prohíbe directamente: porque es el arma más potente y universal.
La labor de los profesores es encomiable en cualquier lugar del mundo, aunque ni la sociedad ni quizá ellos mismos lo hayan interiorizado todavía.
En las escuelas de nuestro país no sólo se enseña cultura, también se enseña la vida; y se ha convertido en muchos casos en lugar de referencia y, a veces el único, donde encuentran felicidad algunos alumnos (niños desatendidos en sus casas por múltiples factores, la mayoría inmigrantes o pertenecientes a familias desfavorecidas intervenidas por Servicios sociales); alumnos a los que veo por las mañanas canturrear y dar saltos por la acera con caras sonrientes camino del colegio.
No hablemos sólo del acoso escolar o de la falta de recursos: en la escuela también hay poesía y, como ella, es un arma cargada de futuro.


Orihuela enero 2008

Mª Engracia Sigüenza Pacheco. Psicopedagoga S.P.E A-6 de Orihuela.


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LA REVOLUCIÓN DE LA MUJER

A las mujeres no nos han regalado nada. Conviene recordarnos unas a otras que detrás de cada derecho conseguido en el largo—ya casi eterno—camino hacia la igualdad de oportunidades, hay siempre otras mujeres que han luchado, a veces hasta dejarse la vida, para que nosotras podamos disfrutarlo.
Mujeres que se han rebelado por supuesto contra los hombres (el sexo privilegiado o primer sexo como diría Simone de Beauvoir), pero también—y esto es más triste—contra otras mujeres que no sólo no las apoyaban sino que directamente las criticaban y que ahora se benefician—injusticias de la vida— de los logros conseguidos.
El movimiento feminista ha conseguido que las mujeres del llamado “primer mundo” (países con gobiernos democráticos, elevado nivel de vida y leyes que contemplan la igualdad y el respeto a los derechos humanos) gocen de un grado de libertad y de participación social impensable hace apenas un siglo. Y esto hay que reconocerlo y agradecerlo públicamente.
Uno de los pilares de ese movimiento fue la ya mencionada filósofa y escritora Simone de Beauvoir de la que se cumple este año el primer centenario de su nacimiento.
Viene a decir la Beauvoir en un capítulo de su libro “El segundo sexo” que en el inicio de la dominación sobre la mujer hubo mala fe por parte del hombre, porque cuando éste descubrió su superioridad física (por medio de la violencia) decidió que él debía ser el amo y señor. Por esa y otras muchas razones explicadas en el extenso libro, desde los albores de la historia y hasta la actualidad la mujer nunca ha sido considerada una igual sino la alteridad, el segundo de los sexos y casi siempre la vasalla del hombre. Ésta sería de forma simplificada una de las muchas interpretaciones a las que da lugar su apabullante libro; un libro que se puede discutir pero al que nadie puede negar el enorme derroche de inteligencia y brillantez que destila en cada una de sus páginas.
Mujeres como ésta han sido y siguen siendo fundamentales en la lucha contra una de las mayores y más antiguas injusticias históricas que todavía no ha sido resuelta: la discriminación social de la mujer; y que en muchos países ni siquiera se ha iniciado (según el filósofo André Glucksmann autor del libro “El discurso del odio”, el odio hacia la mujer es el más largo y planetario que existe; más milenario incluso que el antisemitismo).
Pero no debemos olvidar que las revoluciones no precisan sólo líderes sino que todos debemos aportar nuestro granito de arena, y digo todos porque, aunque es obvio que las mujeres debemos seguir en la lucha y no bajar la guardia, no lo es menos que no podemos trabajar de espaldas a los hombres, que necesitamos su colaboración.
Ahora que las mujeres hemos accedido al mundo de los hombres (el mundo de la empresa, de la política, de la ciencia etc.) se hace cada vez más necesaria la incorporación de ellos al considerado “mundo femenino” (el hogar, el cuidado de los hijos y de los mayores etc.); sólo de este modo conseguiremos entendernos.
Y puesto que nos necesitamos, debemos caminar en esa dirección: el futuro debe ser de ambos o no será.


Orihuela enero 2008

Mª Engracia Sigüenza Pacheco. Psicopedagoga S.P.E A-6 de Orihuela.