IGUALDAD, LIBERTAD Y FRATERNIDAD
La revolución francesa inició con estas tres palabras-pilares la construcción de la Edad Contemporánea. En ellas se recupera el legado del mundo griego, un legado inmortal al que siempre terminamos por volver.
Los 17 artículos que componen la declaración de derechos del ciudadano demuestran que el ser humano necesita la utopía como meta. Porque no importa que al final de una revolución que resultó sangrienta y cruel, continuaran las injusticias y los pobres siguieran pasando hambre; lo importante fue que se sentaron las bases de la democracia y de los derechos humanos, aunque a día de hoy su plena realización aún resulte inalcanzable.
Pues bien, como sucedió en la época griega también en la revolución francesa la mujer quedó fuera de los derechos conseguidos. La ley sólo los otorgaba a los hombres.
Está claro que en las dos sociedades el patriarcado había decidido que la mujer era un ser inferior que debía vivir a la sombra del hombre y relegada a las tareas del hogar.
La religión católica (y en general todas las religiones) tuvo un papel fundamental en la transmisión de estas ideas discriminatorias, pues consiguió lo más importante: que las propias mujeres lo interiorizaran y tardaran miles de años en rebelarse y librarse del complejo de inferioridad y del sentimiento de culpa.
Ilustremos esto con unas citas recopiladas por la escritora Ángeles Caso: San Agustín: “Considerada aisladamente la mujer no es imagen de Dios. Sin embargo, el varón es por sí solo imagen plena y perfecta de Dios”. Santo Tomás de Aquino: “El hombre es el principio y el fin de la mujer”. Fray Luis de León: “La mujer es flaca y deleznable más que ningún otro animal”. Lutero: “Aunque las mujeres se agoten y se mueran de tanto parir, no importa, pues para eso existen”.Y así podríamos continuar añadiendo citas de santos, filósofos e intelectuales de todas las épocas hasta completar un libro cruel y despectivo hacia la mujer (hay varios publicados, por ejemplo: “Una breve historia de la Misoginia” de Anna Caballé).
Pero, ¿cómo es posible que las mujeres hayan tardado miles de años en comprender que debían unir sus fuerzas y luchar por sus derechos? ¿Cómo es posible que en algunos países el movimiento feminista no haya comenzado todavía, y en los que ha comenzado siga cuestionado y débil? ¿Por qué las mujeres siguen siendo asesinadas, violadas y torturadas impunemente, por el simple hecho de ser mujeres, como sucede en Méjico, Guatemala y en tantos otros lugares del mundo? Hay más explicaciones que soluciones.
A lo largo de la historia ha habido muchas mujeres luchadoras y su legado es imperecedero (Olimpia de Gougues en Francia o Clara Campoamor en España son dos grandes ejemplos), pero siempre nos ha faltado la fuerza arrolladora que da la unión por una causa, e incluso la fraternidad incondicional hacia nosotras mismas.
Esta claro que hay una tendencia natural en el hombre a actuar (Una cita del escritor Robert Graves dice: “El hombre hace, la mujer es”) que lo ha hecho proclive a asociarse y luchar. La mujer en cambio se ha centrado en el ser, quizás porque los períodos de gestación la obligaban a la introspección. Pero no es menos cierto que en el inconsciente colectivo permanece tatuado con sangre y fuego el mensaje del machismo, y que a día de hoy y a pesar de las leyes que pretenden erradicarlo, en todos los países del mundo continúa actuando.
En el viaje iniciado en la Revolución Francesa la mujer sigue sin alcanzar al hombre. ¿Conseguirá alguna vez caminar junto a él? ¿Tenemos pendiente todavía las mujeres nuestra propia revolución? “La respuesta está en el viento”, cantaba el gran Bob Dylan.
Mayo 2008
miércoles, 28 de mayo de 2008
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